domingo, 17 de septiembre de 2017

Suspender a un alumno ya resulta un acto heroico.

Suspender a un alumno ya resulta un acto heroico.
Carlos X. Blanco.

El sistema educativo español, como todos los demás subsistemas de nuestro Estado, es intrínsecamente corrupto o prevaricador. Lo es, precisamente, a partir de 1990, fecha de promulgación de la LOGSE, una ley  (durante años largos la hemos denominado simplemente  "la Reforma") que, en general, ha sido equivalente al paso de Atila: nos dejó convertidos en un erial cultural y formativo. Ahora, como saben muy bien padres, alumnos y docentes, padecemos una LOMCE que, en lo esencial, consagra que España sea un Estado-basura en todos los terrenos que inmediatamente colindan con la enseñanza. Es responsable de la escasa estabilidad de la institución familiar, la poca calidad del empleo y la productividad, los bajos niveles de conciencia crítica e inmunidad de la gente ante la manipulación, etc. La nueva ley, la LOMCE, es todavía peor. El aspecto en que la LOMCE actual consagra e incluso potencia de manera inusitada el carácter corrupto del sistema es el aspecto de la Evaluación.


Efectivamente, en todos los terrenos de la administración, dentro de un Estado eficaz y transparente, existe la posibilidad de formular quejas y reclamaciones. En Educación esto también debe ser así. Sin embargo, bastaría con encuestar al azar a los docentes, de manera anónima y sin temor a represalias, para saber qué opinan éstos con respecto a la hipertrofia de reclamaciones de nota (y, recientemente, de otro tipo, como son quejas burocráticas o intromisiones a la libertad de cátedra). El número de reclamaciones no ha hecho otra cosa que aumentar, y los docentes más veteranos guardan la impresión de que éste aumento parece exponencial con el paso de los años. Los profesores más jóvenes, en cambio, lo dan ya por normal. Las reclamaciones de notas pueden ser de dos tipos, ambos no incompatibles: reclamaciones registradas en el propio centro, o presentadas ante el servicio de inspección. Muchas veces el resultado es favorable al padre o al alumno que las presenta. Y que sea sí en tal número de ocasiones es sumamente sospechoso. Da la sensación de que en Educación se ha aplicado a rajatabla aquel lema comercial americano de "el cliente siempre tiene la razón", como parte del gran engaño mercantilista en que gira el mundo desde hace siglos, pero mucho más desde 1945: el consumidor satisfecho como fantasma creado por el vendedor de humo, ideología barata y manipulaciones. Hoy es el Estado, y no sólo una firma comercial, el que se dedica a engañar a ese padre y a ese alumno querulantes. Se quejan de las notas, censuran al profesor, todo lo ven "injusto" sin el más mínimo de autocrítica hacia las negligencias de los padres (no haber dado sopapos a tiempo, no supervisar tareas, etc.) y de los niños (no haber dado, realmente, "ni golpe" durante un año…). Basta con firmar un papelito, que las propias Jefaturas de Estudios o Secretarías facilitan, y, "zas", asignatura aprobada, a pasar de curso. Mucha gente desconoce que un simple "defecto de forma" sirve para que un Departamento didáctico o, más frecuentemente, un inspector, le dé el aprobado injustamente a un alumno.
Y ¿cómo puede incurrir en "defecto de forma" un profesor? ¿Tan inútil o negligente es el docente como para no corregir bien el examen, no poner la nota correcta, equivocarse en las "medias" de las notas? No vayan a pensar. Este tipo de situaciones son muy poco frecuentes, y el docente que se equivoca de manera tan trivial no tiene problemas a la hora de rectificar los resultados, y con gusto lo hace si con ello el alumno sale beneficiado. Pero, desde la LOGSE, los "defectos de forma" suelen provenir de recovecos en la legislación (frondosa e inabarcable) o de la propia Programación de la asignatura que, confeccionada conforme con aquella selva normativa, al menos en intención, también suele ser abstrusa e impracticable.


Los "reformadores" de aquella famosa LOGSE tuvieron la disparatada idea de que ya no debían existir "temarios" de asignaturas elaborados por un Ministerio para toda España, exigiendo a los profesores, como se hacía antes, el cumplimiento de los mismos en todo el territorio nacional. Esto, tan anticuado al parecer, proporcionaba una homogeneidad de contenidos e igualdad en derechos, en todo lo referente a la formación de todos los jóvenes según su edad. En lugar de eso, los reformistas han puesto a ejércitos de pedagogos a innovar. Y cuando un pedagogo "innova", échense ustedes a temblar. Los currículos (las cosas que hay que estudiar y dominar) se alambicaron increíblemente en los llamados "niveles de concreción": nivel estatal, nivel autonómico, nivel de centro. De tal manera que la homogeneidad entre lo que estudia un chico de Sestao, de Mósteles, de Badalona o de Dos Hermanas no la reconoce ni el Espíritu Santo. Pero es que dentro del propio pueblo, en dos centros diferentes, puede haber Programaciones de la misma asignatura muy diferentes para cada curso.


Esto no tiene pies ni cabeza, y todo el tinglado de las "Programaciones" sirvió, en realidad, para crear desigualdades que claman al Cielo.  Cuando un padre tiene una formación, o bien jurídica o bien docente, o está asistido por personas que son juristas o docentes muy duchos en el bosque normativo, entonces presenta la reclamación sabiendo que, en caso de ser desestimada, no va a perder dinero ni nadie le va "a coger manía" y, en el peor de los casos el niño se queda con la nota que ya tenía. En cambio, otros niños que no tienen padrinos ni defensores leguleyos se tienen que conformar con la nota. La nota ya no es objetiva, depende de quién tenga fuerza para regatear o entrar en el capítulo de las amenazas y cambalaches. Pero la LOGSE, esa gran Ventana de Reclamaciones, normalmente empezó a dar razón sistemáticamente a los padres reclamantes. Por muchas razones concurrentes, pero destacaré dos:


a)      Ante defectos de forma la administración (los inspectores) quitan la razón a los profesores porque éstos, a final de cuentas "ya cobran" y les están sometidos jerárquicamente. Los padres, ante la administración educativa, son un elemento "externo" que puede sacar los colores a la propia administración por algún punto supuestamente incumplido en la jungla normativa: el siguiente escalón, tras tumbar o humillar al profesor o al centro viene el escalón de la propia administración (inspección), y al sistema no le interesa en absoluto que el anillo defensivo más interior de la fortaleza sea acometido desde fuera. Darle la razón al padre querulante o leguleyo ahorra muchos papeleos y quebraderos de cabeza a la élite o al "anillo central". Queman a los soldados, pero los generales se protegen en retaguardia.


b)       Otra razón estriba en que hay necesidad de inflar el número de aprobados, la "mejora de resultados" y las cifras de alumnos que titulan o pasan de curso.


El desastre educativo español lleva décadas disimulándose por medio de maquillajes estadísticos y cifras abultadas que nunca reflejan la verdadera ruina de nuestro nivel cultural y profesional, y que ya se está viendo incluso en nuestros líderes políticos. Personajes como Sánchez, Iglesias, Garzón, etc. podrán ser profesores universitarios (algo que, antaño, representaba ser "élite")  y, generacionalmente, podrán ser ajenos a la LOGSE, pero reflejan ya un hundimiento de la cultura, una despoblación de gente capaz e ilustrada. Concedo que este hundimiento ya había comenzado antes de 1990, pero la LOGSE y leyes ulteriores lo aceleraron.


Tan reprensible, por prevaricador, sería dar un aprobado injustamente a un alumno ("regalar", como decimos los docentes), como suspender a un alumno que no se lo merece. No hay diferencia, moralmente hablando. Sin embargo, el primer caso de inmoralidad es el que se ha generalizado desde la LOGSE.


La mayoría de los docentes que no compartieron nunca el espíritu logsiano aprendieron de sus propios maestros, de sus padres y de toda una tradición educativa una ley fundamental. Observaron que aprender requiere esfuerzo, que el esfuerzo se premia y la pereza, la desidia y la desobediencia se castigan. Sin embargo, la Ingeniería Social implantada bajo régimen socialista, y toda una plétora de pedagogos y teóricos de la educación (Marchesi, Coll y Cía), invirtieron los términos y crearon, bajo decreto, las condiciones para que suspender a un alumno fuera un asunto cada vez más difícil. En primer lugar, las presiones. ¿Cuántos docentes no nos hemos visto obligados a explicar a todo tipo de gente? Explicaciones incluso en los casos en que, en un examen final, a modo de "último recurso" para poder recuperar la asignatura, un suspenso es un suspenso porque no llega al mínimo de cinco puntos sobre diez. Que un chico con un uno, un dos, un tres o un cuatro, malgastadas ya todas las anteriores oportunidades para aprobar y recuperar, no merece un aprobado de cinco "por su cara bonita". Sin embargo, el profesor ha de sudar dando explicaciones ante unos hechos tan obvios: ante la junta de evaluación (los demás profesores de ese alumno), ante el tutor, ante el equipo directivo del centro, ante los padres (que no siempre acuden con el mejor humor), ante el inspector…


Evidencia de la degeneración de la profesión docente es que muchas veces el aprobado regalado se concede incluso ante las mismas presiones de los demás profesores. Un alumno vago, que además puede ser un poco maleante, si no titula o no pasa de curso "por culpa de tal o cual profesor", puede remover Roma con Santiago para que la anhelada promoción y titulación tenga lugar, riéndose en la cara de los demás muchachos que se sacaron el aprobado con sus propio sudor. El mensaje que se transmite a nuestra juventud desde 1990 es este: "los últimos (en capacidad, esfuerzo, modales y responsabilidad) serán los primeros (en ventajas, privilegios, ayudas económicas)". Se trata de la destrucción de la meritocracia, lo cual equivale exactamente a la destrucción de España como nación. Pues una nación se destruye desmotivando y castigando a la flor y nata de su escasa juventud valiosa, que es aquella que estudia y se esfuerza.


Con tantos años en la docencia me pregunto qué clase de fuerzas tan poderosas se pueden esconder tras ese cúmulo de presiones sobre los profesores para desincentivar los suspensos. Es evidente, como señalé arriba, que hay mucho interés por inflar los buenos resultados, por disimular una crisis civilizatoria, que no es exclusiva de España. Europa entera se derrumba moral y culturalmente antes de desaparecer y sufrir una sustitución de sus pueblos nativos por otros. Para que tal muerte civilizatoria y tal proceso de sustitución tenga lugar sin resistencias que a nuestras élites les resulten violentas e imposibles de gestionar, resulta muy necesario convertir nuestros centros escolares en establos, y no en instituciones dignas que garanticen una formación (Paideia, Bildung). Para que esta juventud estabulada no dé problemas, es preciso rebajar los contenidos, los niveles de exigencia, introducir asignaturas y actividades lúdicas, evitar frustraciones. La reforma logsiana introdujo la prohibición (vigente) de poner ceros, y así, un alumno sólo por existir ya merece al menos un uno. Esto, verdaderamente es de locos. La reforma también introdujo todo un aparato ideológico de culpabilización de los profesores: no motivan, poseen metodologías anticuadas, "algo falla cuando hay muchos suspensos"…


Lo peor ha venido con Wert. La nueva ley LOMCE, ha "revolucionado" de tal manera la forma de evaluar a los alumnos que no hay quien la entienda, y así nos estamos encontrando con muchos profesores, tanto jóvenes como veteranos, que manifiestan "no querer tener problemas", regalando los aprobados a sus alumnos para que nadie les reclame por un incumplimiento de una ley ininteligible. De acuerdo con este texto barroco e infumable, la llamada "ley Wert", un alumno ya no saca determinados puntos en un examen que valora sus conocimientos o dominio de unas materias. Ahora la jerga es otra: "competencias", "indicadores", "rúbricas", "estándares"… Para evaluar a un alumno de acuerdo con la ley habría sido preciso hacer un registro individualizado de cientos de conductas, actividades, respuestas, situaciones de aprendizaje de cada alumno… un registro que nada tiene que ver con el tradicional archivo de exámenes y trabajos recogidos por cada chico. Haciendo constar que un profesor de secundaria puede tener más de 100 alumnos distintos por curso, tal locura salta a la vista. Además, la exigencia de asignar "ponderaciones" distintas a los distintos ítems a evaluar obliga al docente a ser una especie de estadístico o matemático perfecto al que se le requiere manejar paquetes informáticos para gestionar esta chiflada manera de poner las notas a un chaval, en lugar de dejarle tranquilo para que prepare bien sus clases y se actualice científicamente.


A mí, personalmente, las cosas se me antojan muy claras. Al pedir imposibles a los docentes, por medio de un imperativo legal impracticable e ininteligible, se crea la situación de indefensión en éstos. Hagan lo que hagan, ante una reclamación formal, el padre querulante siempre acaba llevándose el gato al agua. Sabe que va a conseguir que su niño apruebe, titule, pase de curso o lo que él pida. Sabe de sobra que el docente de la LOMCE es un pobre diablo, al que llevan años tomándole el pelo con una legislación hecha en su contra, a traición, sin contar con él, confeccionada únicamente con el ánimo de convertirle en un pelele del mundialismo y de la nueva ingeniería de masas: estabular y entretener a los jóvenes para que éstos se queden indefensos ante las nuevas "campañas de sensibilización" y para que los votos de los principales partidos que sostienen el Régimen (no ya sólo el de 1978 en España, sino el de 1945 en toda Europa) no se esfumen. Es barato regalar aprobados y es fácil  liar al profesorado con selvas normativas para conseguir estos objetivos. Sostener con firmeza–por parte de un docente- el suspenso de de un muchacho con un cuatro en su recuperación final se ha convertido ya casi en un acto de heroísmo docente, en un gesto de resistencia en contra de la molicie generalizada, consentida, impuesta, planificada.


martes, 12 de septiembre de 2017

La mirada de fuego. Homenaje a don Gustavo Bueno Martínez.

La mirada de fuego
Homenaje a don Gustavo Bueno Martínez.
ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA NIHIL OBSTAT, Nº  29.
Carlos Javier Blanco Martín.

Amamos a Platón, pero amamos mucho más a la Verdad. El mejor homenaje que puedo rendir al Maestro, a don Gustavo Bueno Martínez, me parece, no es otro que hacer una revisión crítica de su pensamiento.
La Filosofía, tal y como Bueno la concebía y enseñaba, no es otra cosa que una incesante llama crítica que prende el fuego a cuanto encuentra a su paso, una llama –el logos- que todo lo atraviesa (categorías científicas y técnicas, instituciones y usos sociales, esquemas religiosos, ideologías, praxis política…), que todo lo consume en la medida en que contiene error, falacia, deformación.
La propia filosofía degenera y se con-funde en lo que no es ella (frecuentemente, se con-funde con la ideología, la religión, la divulgación científica, etc.) cuando esta llama abrasadora de la crítica se apaga, o bien se aleja del objetivo sus propias investigaciones, que es una forma de desaparecer discretamente. No sin razón muchos han visto en Bueno al nuevo Sócrates, esto es, alguien que, al margen de cualquier vocación de sistema (aunque el Maestro que aquí recordamos, sí la tenía) era ante todo una especie de “incendio” en forma humana, un fuego cuyas lenguas ígneas salían de su mirada y, con harta frecuencia, disolvían o reducían a cenizas las (im)posturas intelectuales y políticas cómodas, (im)posturas consideradas en cada momento como “correctas”.

 La mirada de fuego de la crítica buenista casa muy bien con algunos símbolos por él preferidos: además de la muy conocida simbología de la lechuza de Atenea (o Minerva), de ojos resplandecientes en plena oscuridad (esto es, en plena noche de ignorancia y confusión), también tenemos ese simbolismo en el nombre de las publicaciones por él impulsadas: el Basilisco, es nombre de monstruo mitológico de mirada letal. Esto ha de ser la Filosofía: unos ojos muy abiertos y, si acaso, ojos incendiarios ante la pereza mental y los conglomerados ideológico-metafísicos.



El Sócrates molesto, incómodo, el tábano y aguijón destructivo que fue nuestro don Gustavo era sólo un “momento”, en el más pleno sentido dialéctico del término, de su filosofar. Este momento se oponía y se complementaba con la parte constructiva o sistemática. Hay en Bueno un “sistema” (sistasis, sintaxis, symploké). Cierto es que, ahora mismo, y a falta de conocer algún texto inédito, el sistema buenista exhibe cierto aire de desproporción en los miembros, de hipertrofia de algunas partes y de escaso acabamiento en otras. Pero, a todas luces, aquí hay sistema, y sistema de mucha enjundia. Será ésta una hora buena, una vez llorada la muerte de su creador, ocasión propicia en la que podamos ver esas disarmonías e imperfecciones, empezando incluso por el nombre del sistema: “materialismo filosófico”.

Así pues, comencemos a rendir nuestro homenaje al profesor Bueno, haciendo lo que él haría con ocasión de cualquier otro homenaje: Filosofía. Vale decir: crítica implacable, crítica filosófica la cual implica un proceso que abarca un movimiento dialéctico de dos aspectos, momentos o fases que se complementan y, al tiempo, se requieren: destructiva y constructiva.

1.       Un apunte personal.

Conocí al Maestro ya en el primer curso de Facultad. A principios de los años 80 del siglo pasado, la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación era un singular edificio (un viejo Colegio Mayor reciclado) y un no menos singular centro de enseñanza en el que convivían alumnos y profesores de tres secciones muy diferentes en cuanto a intereses y motivaciones: Filosofía pura, Psicología y Pedagogía. En las tres secciones obtuve formación y disfruté del magisterio de profesores buenos. En las tres secciones había un predominio de asignaturas filosóficas comunes en el primer ciclo (los tres primeros cursos). Las malas lenguas achacaban a Bueno esa gran presencia de la filosofía en la formación de psicólogos y pedagogos, juzgada por muchos de éstos como engorrosa e impertinente. Sea cierta o no esa responsabilidad del Maestro, los años me confirman cuán beneficioso era que éstos especialistas de la educación o del estudio de la conducta tuvieran una alta preparación en lógica, teoría de la ciencia e historia de la filosofía. Si la “culpa” fue de Gustavo Bueno, yo no tengo más que buenas palabras para aquel plan de estudios y para sus mentores, mucho más racional y racionalista que lo que vino después.  

En primero asistí a sus clases de Antropología Filosósfica en un aula grande (la mítica aula “O1”, antiguas cocinas, creo, del viejo Colegio Mayor reciclado), atestadas de gente, muchas veces con presencia de alumnos oyentes y de profesores de otras facultades. Mientras que muchos futuros psicólogos y pedagogos acudían rezongando a esas clases, como si sus saberes (por decir algo, empleo la palabra “saberes”) no tuvieran que ver con la Antropología, con una idea racional de Hombre, el Maestro desplegaba flamantes ejes de coordenadas para analizar el material antropológico en un espacio.  Lo maravilloso, en el magisterio de Bueno, era que el profesor nos ofrecía primicias y desarrollos de aquello en lo que él estaba trabajando en aquellos momentos. Cuando yo inicié mis años de universidad, Bueno y sus colaboradores habían desarrollado en gran extensión su Teoría del Cierre Categorial (TCC), y estaba ofreciendo al público y a sus alumnos importantes novedades en la teoría antropológica (Los Ejes del Espacio Antropológico, su filosofía de la religión, la teoría sobre las Ceremonias). A lo largo de la carrera, y en los años de doctorado, yo traté de conseguir todo el material fotocopiado o comprado que pude sobre la filosofía de Gustavo Bueno y, muy especialmente, material concerniente a la Teoría del Cierre Categorial. Esta filosofía de la ciencia me parecía un instrumento valiosísimo para el análisis de las ciencias humanas y sociales, cuyos problemas gnoseológicos me interesaban desde el principio. De hecho, al iniciar el doctorado no tenía muy claro qué disciplina elegir para someterla a un análisis gnoseológico, pero “probar” esta Gnoseología era lo que me gustaba, y dudaba entre varias ciencias que reclamaban mi atención: el materialismo histórico, la Economía Política, alguna corriente de la antropología cultural, la biología… Fue gracias al consejo de don Julián Velarde Lombraña, estrecho colaborador de Bueno, como encontré un tema para la tesis doctoral: la Psicología Cognitiva. Esto le parecía correcto por haberme licenciado yo, inicialmente, en la sección de Psicología. El profesor Velarde, un lógico eminente, me sugirió una crítica o análisis de ésta disciplina, muy conexa a la Inteligencia Artifical, y sobre la cual él mismo estaba investigando. Fue así que a principios de la década de los 90 leí mi tesis, Gnoseología de la Psicología Cognitiva, dirigida por Velarde. Tuve, pues, el honor de haber contado con su dirección. La tesis doctoral fue leída en la Universidad de Oviedo ante un tribunal presidido por Gustavo Bueno quien, unos años antes, había escrito un artículo sobre la gnoseología de la Psicología Cognitiva y en el que yo me había basado.

En todos mis años de estudiante universitario fui recibiendo exposiciones más o menos didácticas, siempre rigurosas, de la Teoría del Cierre categoríal, y de otros aspectos de su “materialismo filosófico”, bien a cargo de su propio creador, bien a cargo de alguno de sus excelentes discípulos o colaboradores. Como suele ser habitual, la propia lectura y estudio de la bibliografía buenista fue el mejor método para formarse, pero puedo presumir de haber contado con algunos buenos profesores. En el aspecto histórico-filosófico también deseo reseñar la  impronta de dos discípulos de Bueno, las clases de don Vidal Peña, que impartía Historía de la Filosofía Antigua, y la de Manuel Fernández Lorenzo, que enseñaba Historia de la Filosofía Contemporánea. Cada uno a su manera, con su propia heterodoxia, mostraba maravillosamente la filosofía en su transcurso histórico, inspirándose en parte en Gustavo Bueno. Manuel Fernández Lorenzo, bajo cuya dirección hice un trabajo en tercer curso, fue quien más me ayudó –sin que él lo sospechara- a orientar mis intereses hacia la Filosofía antes que a la Psicología o a las otras Ciencias Sociales. El profesor Fernández Lorenzo ha llevado a cabo en los últimos años una enérgica reorientación de la filosofía de Gustavo Bueno, transitando desde el “materialismo filosófico” de su maestro, hacia un sistema que él denomina “pensamiento hábil”. Es justamente de éste “pensamiento hábil” de donde tomaré en este artículo algunas de mis críticas a la filosofía buenista, críticas, se entiende siempre, que constituyen el mejor homenaje al maestro fallecido y al que tanto le debemos.

En los 90 (curso 94-95) como profesor asociado de la Universidad de Oviedo impartí durante un año clases de Teoría del Conocimiento en 2º y 5º de la carrera de Filosofía. En ellas me estrené como docente, poniendo en marcha cuanto sabía de la filosofía buenista, aunque siempre muy volcado a los autores clásicos (Aristóteles, Descartes, Hume, Kant…). Tenía el convencimiento de que nunca se podría entender el laberinto llamado “materialismo filosófico” sin un estudio profundo y recurrente de estos autores. Tenía –y sigo teniendo- la impresión de que el “materialismo filosófico” borraba su propia genealogía, o la ofrecía en esbozos no muy conspicuos. Esa impresión se me fue confirmando con el paso de los años.
Mi trato personal con don Gustavo se redujo al mínimo. Recuerdo que siempre fue muy cortés, con esa cortesía académica a la antigua usanza que, por desgracia, se está perdiendo. Esta imagen en mi memoria contrasta con la representación pública que Bueno hacía en la televisión y en la prensa, a modo de “niño terrible”, bronco y casi grosero. Creo que su proyección pública fue muy desafortunada, un error estratégico a la hora de promocionar su pensamiento. Esto, y la actitud sectaria de algunos de sus seguidores, fueron bazas muy negativas a la hora de dar a conocer correctamente la filosofía buenista.

2.       La Lógica.

¿Cuál es la clave de que el “materialismo filosófico” muestre tanta potencia crítica, analítica, frente a la obra de otros filósofos y escuelas contemporáneas? No me cabe ninguna duda: la clave reside en la Lógica.

Don Gustavo Bueno era, antes que nada, un lógico. Y uno de sus colaboradores más estrechos de la primera generación (don Julián Velarde) , también. La Lógica es esa gran desconocida en el panorama científico, cultural y filosófico. A lo sumo, hay un cierto contacto estudiantil con la “lógica formal”, a la que se suele presentar como una pariente pobre de las matemáticas, o una disciplina auxiliar al servicio de las “argumentaciones”, como preámbulo o instrumento para la filosofía de la ciencia o del lenguaje. En España hemos pasado del estudio escolástico de la lógica silogística al estudio –acaso no menos escolástico- de la lógica formal predominantemente anglosajona, muy a menudo reducida a “herramienta” para el análisis lingüístico de las ciencias y del lenguaje ordinario. Pero la Lógica es mucho más. Es una disciplina dioscúrica, de dos rostros. Por un lado, se “positiviza”, se cierra categorialmente pero, por otro, una vez que sus teoremas cobran un alcance general, constituye el nervio mismo de la Filosofía, pues sus teoremas y procedimientos necesariamente reaparecen y se exigen a cada momento y alcanzan carácter trascendental. Por otro lado, no hay sólo una lógica formal, sino una más amplia (y de alcance ontológico) lógica material. Las propias cosas, pudiera decirse, responden a un logos, a una sintaxis o entretejimiento. No todo se conecta con todo, ni lo hace de cualquier manera. Ahora es donde podemos saber de dónde sacaba Bueno el combustible con el que hizo fuego en su abrasadora mirada: en la lógica. Bueno y Velarde, como competentes lógicos, pudieron alejarse tanto del escolasticismo como del formalismo anglosajón y, con ayuda el decisivo aporte del psicólogo suizo Jean Piaget, dieron con un enfoque constructivista, del que luego hablaré. La teoría del todo y las partes, la teoría de las clasificaciones, la teoría de la identidad sintética (la “verdad” en el Cierre Categorial) y un largo etcétera, son contribuciones estrictamente lógicas. Antes que nada, y de manera fundamental, la obra de Bueno (y sus primeros colaboradores) es la obra de un lógico.

3.       La cuestión del “materialismo”.

¿Por qué esa insistencia en denominar “materialismo filosófico” a su sistema? ¿Qué significa ser “materialista”?

Biográficamente, me parece que está claro el por qué de ese nombre. Gustavo Bueno, allá en los años 60 y 70 tenía, o creía tener como compañeros de viaje a los marxistas. Su propia filosofía se presenta en público como una fundamentación del marxismo. Los Ensayos Materialistas (1972) es la obra que mejor representa la Ontología de Gustavo Bueno. En ella, en lugar de tomar como unidad y objeto de esta disciplina “el ser”, o la sustancia, se toma la Materia. Todo cuanto hay, o existe, es Materia (M), ahora bien,é se da en tres géneros: M1 (materia en sentido fisicalista), M2 (materialidad operatoria, vale decir psicológica), y M3 (materialidad esencial-objetiva). Es evidente que el materialismo de Bueno no es de índole reduccionista, y no se puede confundir sin más con un fisicalismo: éste, el ámbito de los seres físicos, no es más que uno de los géneros de materialidad. Además, ninguno de los tres géneros se da aisladamente. Deben concurrir los otros dos como mediadores. La inclusión de M2, la realidad psicológica, constituye a la vez una reinterpretación de esta misma realidad: no es el mentalismo, la presencia de las almas, lo que ha de agregarse al mundo físico. La realidad psicológica (acciones, percepciones, memoria, planes…) en realidad es la acción corpórea y la operatoria. Hablar de Sujeto es hablar de un centro de operaciones por medio de las cuales se construye y se reconstruye la realidad. Como quiera que la intervención del sujeto (M2), esto es, de un centro que construya y reconstruya las realidades fisicalistas (M1) y, a partir de ellas, establezca relaciones esenciales u objetivas (M3) es absolutamente necesaria, nos parece que es gratuito subordinar los tres géneros de materialidad a un nombre común, “materialismo”. No vemos por qué no habría de denominarse, por ejemplo, “constructivismo”, dado que además de los materiales de construcción hacen falta demiurgos (M2) y resultados objetivos (por ejemplo planes y legalidades, M3) que también intervienen en la construcción.

Lo de etiquetar como “materialismo filosófico” al sistema viene, probablemente, de los tiempos ya viejos en que Bueno tenía (o creía tener) compañeros de viaje marxistas. Y lo hizo ante las inconsistencias filosóficas del DIAMAT, en rigor un dogmatismo más engelsiano que marxista, que basculaba sin cesar hacia el materialismo corporeísta antiguo, con añadidos de dialéctica hegeliana; ante esa pseudofilosofía, Bueno reaccionó con una especie de boutade. Frente a la leninista denominación de su “sistema” como materialismo filosófico, la reacción de Bueno fue la de apropiarse de la expresión, hacerla suya, rindiendo acaso una especie de irónico homenaje a Vladimir Illich.

Sin embargo, hace muchos años que comenzó el distanciamiento entre Bueno y los marxistas o, por decirlo de una forma más general, entre el buenismo y la izquierda en general. Lo que comenzó como una labor de fundamentación más rigurosa del materialismo histórico y del materialismo dialéctico, bien visible todavía en los Ensayos Materialistas (1972) acabó siendo un repudio explícito de la ideología marxista, a pesar del ensueño en que algunos admiradores y discípulos buenistas, cercanos al PCE, siguieron viviendo, una ilusión extraña, consistente en creer que Bueno todavía era de los suyos. En la época en que Bueno accedió a su cátedra, en esa España del franquismo supuestamente represivo en el que, paradójicamente, entraba desde Francia todo género de literatura marxista, era habitual que la intelectualidad de la izquierda clandestina tomara sus distancias ante la nueva escolástica soviética. El marxismo-leninismo, con sus vulgatas y catecismos, no podía caer en gracia de las personas con mayor capacidad crítica y mejor formación. La propia labor de Bueno en aquella estólida España, introduciendo la lógica y los nuevos avances de la filosofía analítica anglosajona (como hiciera Manuel Sacristán, aunque con otro aire y estilo), revela la necesidad que nuestro maestro tenía de salir de toda clase de escolástica, tanto de la escolástica propiamente dicha (neotomista), como de la soviética.

Pero, curiosamente, al derrumbarse el gigante soviético, y al perderse la “patria del socialismo”, el Estado que de manera positiva y efectiva hacía las veces de “patria de la revolución” y de “exportador” de ideas marxistas, la URSS, los otros marxismos, occidentales y anti-soviéticos, también perdieron por completo el rumbo. En España, de manera paralela a otros países occidentales, se procedió a difuminar las siglas PCE en el seno de una indefinida “Izquierda Unida”, en rigor se pasó a una liquidación del comunismo. Y no es baladí emplear la palabra “indefinida” para definir a esta izquierda liquidacionista del marxismo, pues esta es la nota que resalta Bueno en sus análisis de los movimientos izquierdistas post-soviéticos. Feminismo, ecologismo, anti-fascismo, altermundismo, homosexualismo… no se sabe cuántos “ismos” pueden tener cabida en esa izquierda que, como hongos en un tronco putrefacto, brotaron al perderse el norte soviético. Tenemos, pues, un “materialismo filosófico” ovetense nacido como crítica y como burla del escolástico marxismo-leninismo, como punto de partida. Pero, como término de llegada, tenemos que las ruinas de aquel estado, la URSS, y aquella concepción del mundo, parecían más racionales y aceptables, que los subproductos nacidos tras su muerte. Bueno debió parecerle demasiado “clásico” y sovietizante a aquellos hijuelos españoles de mayo del 68 (trotskistas, maoistas, se decía entonces, podemistas, se podría decir hoy). En efecto: la Filosofía en su más pura veta platónica ve en el Estado el instrumento capaz de “realizar” la Filosofía misma, a saber, la Justicia, la Autoridad, la Racionalidad. Una Filosofía que abomina del Estado y de sus instrumentos para hacer más racional la existencia social no es filosofía, es mera subversión, es simple anarquismo.

En suma, un Bueno cuasi-marxista y anti-soviético fue derivando, por culpa de la propia y lamentable evolución de la izquierda española, en un Bueno anti-marxista pero en cierto modo nostálgico del orden soviético. Pues, si dejamos al margen las atrocidades de aquel régimen (y dejarlas al margen ya tiene algo de atroz), sí es cierto que el sovietismo nunca socavó –al menos en el plano representacional- las instituciones fundamentales de la vida civilizada (Familia, Ejército, Patria, Estado, Lealtad, Autoridad), antes al contrario, las ensalzó.

Nombrar el sistema de Bueno como “materialismo filosófico” me parece, pues, un anacronismo y un abuso de los términos. La boutade que dio origen a la expresión (superar y desposeer al mismísmo Lenin, creador del original “materialismo filosófico”) ya no es vigente. Ya apenas tiene el buenismo un puñado de compañeros de viaje en el marxismo-leninismo. No lo puedo demostrar, pero me temo se trata de un filósofo mucho más leído en la derecha o en áreas del todo transversales, en una España que ya no sabe nada de marxismo, reducido éste a la marginalidad. La propia filosofía buenista podría calificarse, de manera exacta, como transversal, “ni de izquierda ni de derecha”. Y si las coordenadas ideológicas en las que se gestó el buenismo ya no existen (ni la URSS, ni la hegemonía comunista en la oposición a Franco, etc.), no vemos motivos para mantener esa denominación. De igual modo, si a todo cuanto hay (pues la Ontología es el estudio del Ser, de cuanto hay, y el estudio de qué significa “haber” o “existir”) lo llamamos materia, incluyendo los tres distintos géneros (M1, M2, M3), los cuales son, recíprocamente, condiciones para el establecimiento de uno de ellos, no entendemos por qué lo “material” (fisicalista, M1) y no lo “operatorio” (M2) o lo “esencial” (M3) no habrían de ser instancias reguladoras de toda construcción ontológica. Bueno “fundamentaba” en los Ensayos esta triple genercidad reformulando las tres ontologías regionales de Wolff (Mundo, Alma y Dios). En otros libros (El Papel de la Filosofía en la Conjunto del Saber, 1970), aparece el proyecto –no cumplido- de ofrecer una teoría sobre las leyes lógicas del pensamiento, leyes lógico-dialécticas antes que psicológicas o subjetivas, a partir de las cuales, una vez halladas, se pudiera trazar una concatenación entre géneros. Esto, hasta donde se me alcanza, no se hizo, y cabe suponer que sólo una labor colectiva de investigadores podrá ir trazando, caso por caso, las ontologías regionales, teniendo en cuenta el análisis de los cierres categoriales más directamente implicados.

El tiempo decidirá si en esta opción en pro del materialismo no camuflaba Bueno una suerte de dogmatismo, una preferencia no justificada por M1, por la materia entendida en el sentido fisicalista. La sospecha que algunos hemos albergado en este sentido viene avalada por la acrítica actitud de rechazo de todo “mentalismo” en el campo de las ciencias de la conducta (p.e. preferencia por hablar de Etología en vez de Psicología, apología de B.F. Skinner y desprecio por los aportes cognitivos o psicoanalíticos), así como el decidido interés por los enfoques más reduccionistas en las ciencias sociales y de la cultura (las llamadas metodologías alfa-operatorias). El “anti-reduccionismo” del buenismo, me parece, debe ser ejercido y no sólo representado. No debe figurar únicamente en un plantel de buenas intenciones, sino tenazmente evitado dentro del proyecto ontológico esbozado. Estos deslices se habrían evitado haciendo girar el sistema hacia el Sujeto Operatorio. Hacer de M2 el género posibilitante, constructor y sine qua non de los otros dos, sin perjuicio de que el Sujeto -cuyo espacio viene conformado por sus propias operaciones- sea también posibilitado por los otros dos géneros. A mi juicio, dos discípulos de Gustavo Bueno han transitado por este camino, salvando el peligro del reduccionismo materialista: don Tomás Ramón Fernández, que remarca el cariz evolucionista y constructivista del Sujeto Operatorio, a partir del estudio del funcionalismo americano, pasando por J. Baldwin y J. Piaget ; y don Manuel Fernández Lorenzo, quien reelabora igualmente la idea del Sujeto Operatorio, remontándose, en este caso al idealismo alemán, y muy especialmete a Fichte y a Schelling, para llegar hasta el siglo XX con las figuras de Piaget y Merlin Donald. En estas dos líneas de investigación, el buenismo se despoja de “materialismo” y pasa a ser un “constructivismo”, muy en la línea de otras corrientes contemporáneas que reciben esa misma denominación.

4.       La cuestión ontológica.

El materialismo ontológico ha sido presentado por Bueno como un pluralismo radical. La realidad o el ser, en el fondo, no puede constituirse ni concebirse como unidad, so pena de caer en algún reduccionismo o formalismo, incompatibles por sí mismos con el pluralismo asumido. La reducción de los distintos géneros de materia a una unidad, revertiéndolos a uno de ellos se llama formalismo ontológico, lo cual es, en los Ensayos Materialistas, algo así como el paradigma de la “mala” metafísica. El materialismo filosófico se presenta, en su plano ontológico, como una novedad frente al materialismo anterior, una novedad incompatible con aquel y superadora del mismo. Bueno insiste, desde los Ensayos, en designar como materialismo su sistema en actitud polémica y crítica frente a los materialistas anteriores. Como los marxistas-leninistas denominan “materialismo vulgar” a las teorías materialistas predecesoras, no dialécticas (monismo sustancial presocrático, corporeísmo, mecanicismo, sensualismo), así Bueno conserva el nombre –que él debía ver honroso- de materialismo, frente a las modalidades vulgares predecesoras o coetáneas (verbigracia, el marxismo, hacia 1972, fecha de publicación de su obra). Sólo con posterioridad, sobre todo con el enorme desarrollo de su Gnoseología (TCC), otras denominaciones –más afortunadas- emergen o se propagan, aunque siempre con parsimonia (hiperrealismo, constructivismo). Pero ¿para qué mofarse del marxismo a la vez que mantener un pie en su terminología y compartir no ya un proyecto “emancipatorio” sino un trasfondo dogmático, a saber, un realismo materialista?
La verdadera sutileza de la ontología buenista frente al Anti-Duhring de Federico Engels y ante las aportaciones generalmente positivistas y “vulgares” de Lenin o los soviéticos, es la pluralidad irreductible de los géneros de materialidad (M1,M2,M3). La reducción de uno o varios de ellos a M1 es un formalismo (reduccionismo monista), esto es, para entendernos, una especie de lecho de Procusto. Este formalismo es un intento de evacuar, mutilar, eclipsar ciertos aspectos de un género de materialidad llevándolos a “otro terreno”, otro género, con la pérdida consiguiente. Si se nos permite una analogía, sería como situarse ante la cara de un cubo y describir el sólido siempre como un cuadrado, renunciando a ver otras caras visibles, pero no frontales del mismo, y renunciando incluso a la mera “imaginación” conjunta de las seis caras, visibles u ocultas, pero reales y copresentes, aunque no todas copresentes a una sola intuición. La ontología no es sólo la visión de ese sólido, visión de algunas pocas caras del mismo. La ontología debería ser una “hiper-visión” del cubo, en la cual, a partir de una cara frontalmente percibida, y las proyecciones de al menos otra más de sus caras, la mente pueda formar la visión completa (tras las operaciones pertinentes) de la totalidad. Totalidad que no es perceptible sino en su sucesión, una sucesión de caras (de cuadrados) que lleva su tiempo y que sólo tiene posibilidad tras operaciones, unas operaciones de “imaginación interna” que virtualizan operaciones quirúrgicas, locomotrices, palpatorias, etc. (dar la vuelta al cubo, alzarlo si es posible, subirse a él o verlo desde arriba, contar sus caras, incluyendo la que linda con el suelo, etc.).
El Ser, designado ahora por Bueno como Materia, en un sentido ontológico-general, no es más que un concepto-idea puramente negativo. Sólo cobra sentido como límite, y como concepto límite es inalcanzable: no “existe” en cuanto que no designa ninguna realidad positiva; no hay operaciones ni relaciones que puedan fijar o determinar una entidad o sistema de entidades como ese. El uso gramatical del singular, y el empleo de la mayúscula (la Materia, el Ser, la Sustancia) es un recurso fácil en manos de todo lector para poder detectar la (falsa) positivización de aquello que, de por sí, carece de contenido, y que sólo es un límite –no un término con referente- o abstracción dentro del proceso dialéctico, de un regressus. El regressus es un momento, esto es, un aspecto parcial de ese sentido regresivo, sentido que también en Filosofía recibe el nombre de análisis. El único regressus que ofrece resultados positivos (categoriales) es aquel que ocupa una posición intermedia, y puede servir como punto de arranque para un nuevo progressus. En Química, el regressus al átomo-elemento, en Biología, el regressus a la célula, etc. Ese regressus fija, determina y “descubre” unidades que luego devienen piezas indispensables para posteriores y novedosos progressus (síntesis). Las categorías de la Química, de la Biología o de cualquier otra ciencia positiva quedan, de hecho, reorganizadas esencialmente y “ya nunca serán las mismas” una vez fijado el término medio del regressus a partir del cual no se pierde impulso reconstructivo. Este punto medio es justamente el momento dialéctico en que ha tenido lugar un cierre categorial (por identidad sintética), esto es, un cierre en el que las operaciones –subjetuales- extraen unidades o relaciones esenciales a partir de un fondo fenomenólogico, pero también las unidades o relaciones esenciales desde las cuales se pueden buscar o hacer propagación de nuevas síntesis. El nivel intermedio de regressus toma impulso para nuevas síntesis en función del nivel tecnológico y demás contextos histórico-sociales en que acaece la Producción, que puede hacer materialmente posible la propagación o expansión hacia nuevas síntesis. La fertilidad progresiva en el conocimiento científico-positivo sólo viene garantizada desde los regressus intermedios, en donde la capacidad operatoria (M2) del ser humano puede fijar los términos fisicalistas (M1) que verdaderamente “anudan” o relacionan (por identidad sintética) todo un racimo compuesto por otros términos, que desbordan la determinación fisicalista aunque materialmente la incluyan (M3).
La capacidad operatoria del ser humano, históricamente considerada, constituye el verdadero centro vivo de la ontología constructivista de Gustavo Bueno. Ese núcleo, desde la perspectiva histórica (la de un materialismo histórico que precede, acompaña y engrana con el materialismo ontológico) se denomina Producción, pero desde un punto de vista abstracto-gnoseológico, en realidad es el Sujeto Operatorio el tipo de entidad (puramente funcional, como centro de operaciones) que va haciendo posible, social e históricamente, la existencia de sucesivas capas de realidad operada, transformada. La Producción, como idea nuclear e histórico-dinámica de la Ontología buenista, corre serio peligro de ser reducida a un segundo género de materialidad a su vez encorsetado bajo algún sociologismo o reduccionismo económico si es que no escapamos de ciertos procedimientos marxistas muy al uso. Este reduccionismo volcado a M2 no es ahora el reduccionismo mentalista o Idealista (la Mente, el Espiritu), al modo solipsista (Berkeley) o Idealista alemán (Fichte, Hegel) que devora toda suerte de contenidos, ora fisicalistas, ora esencias. Más bien, una mala inteligencia de la idea de Producción puede, en contextos marxistas (que son desde los cuales, y contra los cuales en parte se escribieron los Ensayos Materialistas), caerse en el formalismo de una “conciencia de clase”, un sujeto fantástico como el “proletariado universal”, o algo semejante, capaz de representarse cuasi-divinamente la legalidad de las fuerzas sociales en liza, y elevar la conciencia por encima de todos los elementos obstacularizadores hacia su “reforma” o “emancipación”. Pero la Producción no es esa especie de Logos al que deben atenerse los sujetos, o el Sujeto (“El Género Humano”) para liberarse o liberar las fuerzas del Progreso. La Producción es el contexto envolvente que hace posible los distintos niveles históricos de contextos operables. El contexto envolvente griego no permitía –y no sólo por infracapacidad tecnológica o por el esclavismo como modo productivo dominante- el efectivo regressus al átomo. Pero el contexto envolvente de una sociedad capitalista industrial altamente tecnologizada, sí lo permite. La Producción es un dios Jano: es, al mismo tiempo, Naturaleza y Cultura, y consiste en la dialéctica o relación conjugada entre estas dos ideas meta-físicas.
La clave para una reformulación no-materialista de la Ontología de Gustavo Bueno, una vez superados los compromisos iniciales de este filósofo con el marxismo o sus proyectos personales de fundamentar o superar el mismo, pasa simultáneamente por una reformulación de la idea de Producción, que es también una suerte de reformulación de la idea de Sujeto Operatorio. En rigor, los Ensayos Materialistas y demás desarrollos ontológicos de Bueno son un constructivismo, y estos dos pájaros se pueden matar de un solo tiro. La “realidad” inagotable y plural, que racionalmente sólo puede designarse como series de realidades dadas en géneros recíprocamente inconmensurables, depende de la actividad operatoria de sujetos humanos, y carece de sentido, no existe, al margen de la aparición de estos seres propiamente humanos en un pasado que, en términos cósmicos, es reciente. Pero, si no se interpreta correctamente, este es un constructivismo que peligra una y otro vez: está cerca de inclinarse por las pendientes acusadas del idealismo y relativismo, que tanto denostan los “materialistas filosóficos”. Pues sin la capacidad operatoria creciente, desde nuestros antepasados prehistóricos, no habría “realidad” alguna, acaso un mero torrente de sensaciones en círculo funcional con acciones motoras, como ocurre con los animales no humanos. Tal parece como si el buenismo no haya asumido plenamente la continuidad filogéntica, desde la ameba, pasando por los antropoides y llegando al Homo sapiens. Continuidad en la cual “círculos funcionales” (sensopercepción-acción) son los tejedores de un mundo fenoménico, la Umwelt, el único mundo existente para los animales. La “unidad”, ciertamente, sólo es unidad fenomenológica y se coextiende con esa unidad regresiva, o concepto límite, que se da en llamar “materia”. Precisamente una ontología pluralista puede edificarse si es que median operaciones de un mayor nivel que los meros círculos funcionales de la vida animal, operaciones gnoseológicas y no meramente cognitivas, operaciones gracias a las cuales la realidad queda formalmente cuarteada.

5.       La cuestión de las izquierdas y las derechas.

Desde unas posiciones marxistas, que abundaban entre los que fuimos sus discípulos, las críticas que don Gustavo emprendió a la distinción izquierda-derecha no fueron entendidas en su momento. En realidad, el maestro emprendió en España, con su propio arsenal lógico (ya he dicho que don Gustavo fue, ante todo y principalmente un lógico) y con sus propias referencias hispanas, la misma labor que en tierras galas, y ultrapirenaicas en general, llevaron a cabo Alain de Benoist y otros pensadores (Robert Steuckers, Guillaume Faye) de la llamada “Nueva Derecha”, a quienes mejor cabría denominar “pensadores transversales”, pues desde la transversalidad es posible defender mejor la Verdad y lo racional, allá donde se encuentre. Bueno empezó a triturar la distinción entre izquierdas y derechas y a muchos nos dejó desconcertado. El mundo posterior a la caída del Muro (ocaso del comunismo) y el mundo posterior al 11-S y 11-M (declaración de guerra del Islam al mundo civilizado) acabarían dándole la razón al filosófo riojano-asturiano. Era justo, necesario y vital que la distinción fuera triturada.
Pongamos por caso, un sistema social de, por y para los trabajadores, que combata el capitalismo salvaje, pero que a la vez defienda la Familia, la Patria y el Estado, como instituciones que mejor pueden servir al pueblo, y dentro de éste, al pueblo trabajador. Con los esquemas ideológicos de las “izquierdas” existentes hoy, esto no es posible. Con las coordenadas del sistema buenista, es posible, y, más aún, es la Razón misma.

Con sus poderosas herramientas lógicas, sobre todo las herramientas de tipo clasificatorio, Bueno distingue diversos tipos de izquierdas (también hizo lo propio con las derechas) y su enajenación con la actual “izquierda del sistema” vino perfectamente subrayada bajo una agrupación, acaso la más numerosa en la izquierda española: el grupo de corrientes e ideologías reunidas por su epígrafe de las “izquierdas indefinidas”. Lo que en época tardofranquista y en la llamada Transición se conocía como “ la izquierda de la izquierda” (trotskistas, maoístas, etc.) no tardaría en convertirse, tras la caída de la URSS en un auténtico engendro, indefinido e irreconocible. La mirada de fuego de don Gustavo, imagen con la que encabezábamos nuestro ensayo, no cejó en su empeño aniquilador. Ese trotskismo y maoísmo, junto con el anarquismo, ya desde muy pronto tan lejanos a la racionalidad de la que todavía se reclamaban Marx y Engels, dieron lugar a todos esos retoños del “marxismo cultural”, producto de laboratorio destilado en las universidades norteamericanas, previo paso por el París del 68 y de otras modas francesas. En el momento de redactar este ensayo (2017), la Izquierda Unida terminal e integrada en el populismo de “Podemos”, junto con el zapaterismo que ha desecho el PSOE y toda socialdemocracia coherente, son herederas natas de esa “indefinición” que, por debajo de su insensatez (“altermundismo”, “utopía”, etc.), esconden fuentes de financiación muy concretas, en términos de dólares y petrodólares. La indigencia intelectual de ciertas ideologías post-marxistas es, en sí misma, un síntoma de quiénes son los propiciadores de la enfermedad de las izquierdas, quiénes la alientan y propalan. Las propias transformaciones del capitalismo posteriores a la Guerra del Vietnam y al Mayo Francés, y con mucha más intensidad después de la caída del Muro, promovían o veían funcionalmente provechosas las ideologías que, bajo capa de gran radicalidad superestructural (estética, simbólica, emocional) reforzaran no obstante la base mundial de la explotación y la acumulación. De ahí que nos expliquemos el gran éxito mediático de tantos pseudo-revolucionarios, la enorme cantidad de millones en concepto de subvención destinados a ONGs, grupúsculos, entidades diversas que supuestamente “van a cambiar el mundo” o nos dicen que “otro mundo es posible”. El Capitalismo descubrió que la izquierda pseudo-radical era rentable, mucho más eficaz y funcional que la rancia derecha conservadora. El nuevo capitalismo, bajo la égida de la Escuela de Frankfurt, de Marcuse, del pensamiento relativista postmoderno, está obteniendo grandes ganancias y colonizando territorios simbólicos, culturales, sociales, mucho más amplios. La Filosofía de Gustavo Bueno, especialmente tras su desafección ante la izquierda post-soviética, ante la izquierda post-moderna e indefinida, es una llama abrasadora que destruye todo el utopismo, toda la ideología inconsistente, la metafísica regresiva y rebarbarizada, la manipulación grosera que se esconde tras esas banderas del “progresismo”. No es de extrañar que algunos de nosotros, desafectos en su día con el pensamiento de Bueno, nos hayamos reconciliado –en parte, y sin abandonar la perspectiva crítica- con algunas de las posturas del Maestro. Pues maestro de los que saben fue Bueno, y adelantado en su visión. Supo, como pocos, que la caducidad del dualismo izquierda-derecha estaba próxima, y que los futuros acontecimientos mundiales nos lo harían ver. La “hemiplejia moral”, y las “dos maneras de ser imbécil”, que Ortega denunciaba en sus días, siguen bien enraizadas en la sociedad española, pero la urgencia de una transversalidad filosófica se nos presenta hoy más que nunca, y otro filósofo de una generación más cercana a la nuestra, don Gustavo, nos avisó con tiempo suficiente. Algunos se enterarán demasiado tarde del engaño. El engaño del capitalismo internacional: dividirnos en izquierdas y derechas cuando la cuestión decisiva consiste en trazar la línea de lucha entre globalización y soberanías nacionales.

6.       La cuestión de la filosofía española y en español.
En este asunto, capital, don Gustavo Bueno también ha “sentado cátedra”. Por fin, desde su silla profesoral, o mejor, desde su “taller de las ideas”, se ha dejado claro de nuevo que una auténtica Filosofía, de repecursión mundial si habla con Verdad, si es Verdadera Filosofía, puede expresarse en lengua española. Y expresar una filosofía en lengua española supone, además, un acto de consecuencias geopolíticas inmensas. Supone una apuesta por el hispanismo como proyecto cultural-geopolítico. No está de más recordar aquí que fue Spengler quien señaló el Imperio Español de los Habsburgo como el primer gran imperio del Occidente moderno, quien impuso su “gran estilo” (burocracia, cancillerías, administración territorial) a todos los imperios subsecuentes (holandés, francés, inglés…). Fue precisamente España la que intentó un proyecto imperial moderno (en absoluto feudal, como pretende ser calificado por sus adversarios), pero no capitalista a ultranza, y a una escala verdaderamente mundial. La España que llegó con sus exploraciones a América del Norte, incluso a Alaska, la España que, una vez controlada las dos Américas, ya hubiera podido, en unión con Portugal, civilizar África y dominar buena parte de Asia, región donde los imperios chino y japonés ya estaban recibiendo misiones y embajadas. Pero ese proyecto hispánico, heredero de Grecia, Roma y heredero también de la civilización germano-católica, se hundió. El proyecto hispano frente al inglés y francés sucumbió ante enemigos que dieron un giro ultra-capitalista a la historia, con la excepción de un cierto resurgir en el siglo XVIII. Pero, ahora bien, en la Historia hay que examinar los ciclos de larga duración, analizar “el declive hispano” en sus más largos tramos y observar si un valle en la curva vital, es apenas un receso temporal. La hegemonía cultural francesa y anglosajona sobre “Occidente” ahora ha declinado. El propio Occidente con estos viejos imperios (todos ellos, incluído el último, los EEUU ya van pareciendo vetustos como imperios hegemónicos, tras sus derrotas contínuas desde la II Guerra Mundial), sucumbe. El mundo se reorganiza rápidamente de una forma multi-polar, y otro Imperio, tan semejante en su historia y destino al imperio hispano en muchos aspectos, como su alma mater oriental, el ruso, va recobrando fuerza una vez caído el comunismo. En derredor, orbitando como imperios medianos, países que recientemente parecían “tercermundistas” y marginales cobran realce: Irán, China, India… Europa, mientras va perdiendo sus raíces y se entrega, sumisa, drogada, a una suicida multiculturalidad (que en el fondo es una mezcla de americanismo y de islamismo) necesita del hispanismo. Y Europa lo necesita no ya por el exiguo peso que el Reino de España tiene hoy en la periferia de la UE (una UE que, para colmo, es concausa principal del declive de nuestra civilización), sino por la potencia inmensa que proporcionan los millones de hispano-hablantes y luso-hablantes que viven al otro lado del Atlántico. Estos ciudadanos son, por derecho, “hijos de Europa”, savia de Occidente, y una adecuada filosofía (verdadera) es la que les puede salvar. A ellos, de la degradante dependencia yanki y del retrógrado “indigenismo”. Y a nosotros: a nosotros nos salvará el hispanismo, pues los españoles vivimos sumidos en una degradante vorágine centrífuga, en la que se concitan las fuerzas separatistas con oscuros intereses extranjeros. Tomar plena conciencia del potencial que la lengua y la cultura hispanas poseen (de hecho, y no sólo como desideratum) en el mundo es fundamental: es el punto de engarce entre una adecuada visión geopolítica y una filosofía “a la altura de nuestro tiempo”. La lengua no es sólo un vehículo que transmite información, la lengua es expresión y núcleo difusor de unos valores alternativos de los de otras culturas, imperios o civilizaciones incompatibles y, en el límite, enemigas. El idioma español es enemigo del idioma inglés en la medida en que los valores de nuestra monarquía romano-católica eran diametralmente opuestos al economicismo puritano o protestante anglosajón. El español se midió a cañonazos con los hijos de la Gran Bretaña (incluyendo aquí el imperio yanki), tal y como se midió anteriormente con los franceses, moros y turcos. Las lenguas son armas, armas para la unificación tanto como para la disgregación. Y las potencias enemigas del proyecto cultural (imperial) hispanista incluyen como armas la imposición de sus concepciones del mundo, el estilo de pensar, la reorganización de la escala axiológica, etc. No bien acaba España de reajustarse, con gran esfuerzo, a las modas culturales anglosajonas, cuando llega en nuestros días una nueva influencia, fuertemente financiada con capital extranjero: la islamización. En este sentido, la unidad geopolítico-cultural de una fuerte comunidad ibero-hablante, moviéndose en la escala de los mil millones de personas, podría ser un importante bloque de contra-poder en el mundo multipolar de nuestros tiempos. España no tiene ningún motivo para ser arrastrada en el declinar agónico del Imperio anglosajón, ni seguir siendo la sierva periférica de la Alemania despótica, sentada en el centro de la U.E. Mucho menos existen motivos para volver a someterse a un Califato musulmán, hoy en trance de reconstrucción, y se halla geográficamente muy lejos de los otros Imperios renacientes más al Este, el Ruso y el Chino. En cuanto a éstos dos últimos imperios, precisamente por su lejanía debemos albergar menos temores, y puede que sea muy práctico reforzar contactos y alianzas con ellos, ante los últimos zarpazos del Imperio yanki declinante.
 Filosóficamente, España y el hispanismo pueden desempeñar un papel decisivo: son “Occidente”, pero un Occidente alternativo al imperialismo depredador anglosajón: los hispanos somos herederos mucho más directos del mundo clásico y católico y en los siglos XVI-XVIII ofrecimos un proyecto de Modernidad diferente al que desgraciadamente triunfó. España, al ser parte de Europa, y haber sido su baluarte en el pasado, puede transformar Europa por medio de un idioma filosófico como es el español.
España, al ser históricamente el dique de contención de las oleadas afroárabes, puede volver a ser ese baluarte que las detenga, que devuelva a los invasores y a los caballos de Troya de la barbarie a los continentes de donde nos llega (África y Asia). Una verdadera filosofía en español, geopolíticamente dotada de respaldo, que renueve la europeidad a nuestro continente: ésta me parece que fue la visión que tuvo Bueno. En suma, puede ser la filosofía hispana –si esta es racional- la que coadyuve a que toda América salga del doble atolladero del imperialismo yanki y de la necedad indigenista, el justo medio, el reencuentro con la propia raíz de estos pueblos. Sólo una Filosofía puede salvarnos. Don Gustavo supo ver perfectamente estas implicaciones geopolíticas del hispanismo filosófico, la formación de un Bloque estratégico contrarrestante, si bien algunos de sus “herederos” y discípulos hicieron mucho el ridículo a la hora de llevar a la práctica inmediata este proyecto. El proyecto es difícil, dado el clima de hispanofobia reinante a ambos lados del atlántico. Exige la existencia de una amplia comunidad de intelectuales “identitarios”, esto es, altamente conscientes de su dúplice ser como europeos (nativos o descendientes culturalmente hablando) y como hispanos, lejos de cerriles dogmas y consignas, llevando a cabo durante años un duro trabajo filosófico y metapolítico. Sólo tras décadas así, se verían frutos hermosos.

7.       La cuestión de España.

La cuestión de un idioma español de alcance geopolítico (“imperial”) me lleva a la “cuestión de España”. Sigo siendo muy reticente al jacobinismo radical que se desprende de la lectura de trabajos buenistas, especialmente los de las últimas generaciones de seguidores, jóvenes, ajenas al aroma original que se desprendía del saber de Bueno. Es cierto que la unidad de España está siendo amenazada, desafiada un día sí y otro también, y que esta una amenaza real y seria. Es cierto que don Gustavo fue, desde hace años, más clarividente que muchos de nosotros. Muchos que, en otro tiempo, abogábamos más abiertamente por soluciones federalistas y confederalistas. Ahora se ciernen sobre España unas amenazas mayores, si cabe, que las de épocas todavía recientes en las cuales ETA asesinaba. Existía (y existe, pues está sin disolver) organización criminal junto a la cual había una serie de hijuelas, una serie diversos grupúsculos radicales y violentos en periferias diversas (Cataluña, Asturias, Galicia…), que atentaban o amagaban con hacerlo para fraccionar una parte del territorio y enajenarla a la Soberanía española. El terrorismo sangriento se ha detenido, pero por el contrario “el brazo político” de quienes quieren disgregar España no, más aún, se ha generalizado increíblemente en todo el territorio. Organizaciones populistas de signo radical, como “Podemos” y sus franquicias, están haciendo suyas numerosas consignas de la ETA y de sus hijuelas a favor de la autodeterminación y del soberanismo. Lo que no puede hacer una banda de asesinos localizada regionalmente, sí lo puede conseguir una alianza de fuerzas de izquierda radical, repartida por todo el Estado y mucho mejor financiada desde el exterior. Esta ruptura de la soberanía sería la liquidación total del proyecto multisecular de España, una de las naciones históricas más antiguas de Europa, heredera del Reino de Asturias y de los otros núcleos cristianos pirenaicos que pudieron  sobrevivir al amparo del Reino Asturiano y del Imperio de los francos. España no sólo es una vieja nación, heredera de aquella revuelta de Pelayo en el siglo VIII, sino también una de las de mayor proyección sobre otras naciones hijas y herederas. El naufragio de España, si un día aconteciese, será fruto de una irresponsabilidad mayúscula. La postura de Bueno en ese tema fue clara, contundente, militante.

Pero, atención, no debe arrojarse al niño junto con el agua de la bañera. La importancia decisiva del idioma español en la geopolítica mundial no está reñida con la defensa de posiciones regionalistas y con el uso y cultivo de las distintas lenguas regionales. Esta defensa del regionalismo y de las patrias y lenguas regionales no está en contradicción con la fortaleza de una España unida fuertemente en autoridad, defensa y destino. El federalismo de izquierda anterior a la fundación del PSOE, y el carlismo y tradicionalismo anteriores al desastre de 1936, atestiguan este pensamiento antijacobino. En la cuestión de las lenguas, creo que lo más acertado en la llamada Transición hubiera sido denominar “lenguas españolas” a todas las otras lenguas del Estado distintas del castellano (Catalán, vascuence, bable, gallego, ect.) pues, en efecto, lo son. El multilingüismo de la nación española es sumamente enriquecedor. Como hablante y escritor en lengua asturiana me he sentido molesto por la actitud de Gustavo Bueno en este asunto. La tendencia, un tanto radicalizada, a mostrarse “jacobino” y enemigo del bable no le favoreció precisamente en su proyección pública, especialmente dentro del Principado.

Bueno nunca fue tibio con los nacionalismos “fraccionarios”, los señaló como ideologías francamente irracionales. Resulta difícilmente aceptable, desde una postura racional, que ciertas formaciones nacionalistas y ciertos intelectuales vinculados a ellas pretendan reescribir la Historia de España de la manera en que lo vienen haciendo desde 1978. Nunca hubo una “Euskalherria” independiente, nunca hubo un “Estado Catalán”, etc. Las peores tesis raciológicas y el más horrendo esencialismo se puede localizar no sólo en los textos de Sabino Arana, y demás “padres” de nuevas naciones inventadas, sino en ciudadanos que ostentan de cargos públicos y amplios privilegios académicos, editoriales, periodísticas , etc. en esta España que supuestamente tanto les oprime. La denuncia de las imposturas separatistas y la reconstrucción racional de la Nación Española –más allá del pobre jacobinismo de algunos discípulos- será siempre una de las glorias con las que será recordado Bueno.

Concluyendo.


Debo confesar que, a partir 1998, perdí contacto con gran parte de la producción de Bueno y del “materialismo filosófico”. El abandono en que cayó la Teoría del Cierre Categorial y las incursiones editoriales de Bueno en un tipo de libros que me parecían un tanto caprichosos en su tratamiento, así como políticamente coyunturales, enfriaron mi interés. La crisis de identidad en que se ve sumida España, y toda Europa, sin embargo, está renovando en mí un un regreso al estudio de su obra y su figura. Esta obra y figura se agigantará con el paso del tiempo. Será de justicia. También debo aclarar, antes de dar clausura al texto, que siempre he distinguido claramente entre la obra de don Gustavo, y los textos cualquier indigente intelectual que se proclame “buenista”. La verdad de una obra no está del lado de los murmuradores y los “herederos” oficiales. Herederos somos todos los que queramos profundizar en su obra o servirse honestamente de ella. Sirva mi artículo como homenaje a esta “mirada de fuego”. Necesitamos muchos así. 

sábado, 9 de septiembre de 2017

El Estado que mata antes de morir: la muerte de la Autoridad.

El Estado que mata antes de morir: la muerte de la Autoridad.

Algunos profesores, especialmente en la Enseñanza Media, nos preguntamos de dónde procede esta oleada feroz de "crisis de autoridad" en los institutos. No es un fenómeno privativo de España. En realidad se detecta en todo el Occidente. Forma parte de la decadencia que, en palabras del filósofo alemán Spengler, tiene por fuerza que ser natural y cíclica.

Todas las civilizaciones, como las personas, llegadas a un momento senil, decaen. Decaer significa muchas cosas: a las civilizaciones y a los organismos vivos cuando declinan les falta flexibilidad, disposición para el cambio, rapidez de reflejos ante los peligros: crisis de instituciones, pacifismo, degradación moral. Es lógico que la Escuela, el Instituto y la Universidad caigan en franca decadencia, junto con las demás instituciones de una Civilización occidental que se muestra senil.

La gran institución en decadencia, de la que derivan las otras fundamentales del Estado, es la Autoridad. Si no hay Autoridad en la Corona, en el Ejército, en el Gobierno y la Administración, en el Clero, en los Municipios y Comunidades, y, muy fundamentalmente, en la Familia, no hay nada que hacer. Y que conste que el Principio de Autoridad no significa necesariamente "autoritarismo". El Principio de Autoridad significa que no todos los hombres servimos para lo mismo, y que ciertas tareas complejas en la sociedad civilizada deben ser acometidas por jefes y entendidos en las materias dadas. Ese Principio de Autoridad permite comandar naves, ejércitos, empresas, escuelas, granjas, municipios. Sin ese Principio, el hombre se sume en la barbarie más absoluta.

El Estado moderno, como ya indiqué en un artículo anterior, ha venido desactivando este principio en algunas de las instituciones que, sin embargo, le habían dado vida e insuflado toda posible legitimación: la familia, y, después, la escuela, hicieron posible el Estado. En realidad es la familia la célula de la sociedad, y el seno en donde un niño aprende a reconocer la Autoridad. Que unos padres no quieran hacerse obedecer, abdiquen, renuncien, esquiven, deleguen en esa tarea fundamental cual es mandar, obligar, hacerse obedecer, no puede ser otra cosa que el orígen de un cáncer con metástasis. Si los padres no mandan, malamente podrán corregir esto los sargentos "chusqueros", los jueces o maestros duros, los agentes del orden. Todas las demás instituciones sólo pueden complementar la autoridad de los padres sobre los niños en las familias, pero ésta autoridad paterna es la esencia del Principio de Autoridad, sobre cuya base se alza una Civilización.

Pero ya he comentado en otra ocasión que el Estado actual se infla, como un pavo, para arrogarse cada vez más funciones, arrebatándoselas a los "cuerpos intermedios" que siempre hicieron aquello que naturalmente les compete. El maestro educa, el capitán de barco gobierna la nave, el oficial manda a la tropa…Y si el maestro o profesor debe educar, tiene que contar con autoridad. Sin embargo el Estado, desde la famosa LOGSE (1990), hasta la LOMCE (2013) actual, no ha hecho otra cosa que legislar en contra de la autoridad de los docentes, en consonancia perfecta con sus intromisiones en el seno familiar. Estas intromisiones en la potestad de los padres abarcan, desde la obligatoriedad de enviar a los niños a un centro escolar oficial, hasta la admisión a trámite de denuncias de los hijos hacia los padres por los asuntos domésticos más peregrinos (retirarle el móvil a un menor, prohibirle llegar tarde, espiar sus mensajes electrónicos…). El padre o la madre se han convertido, por arte de birlibirloque, en unos pobres diablos, funcionarios mediopensionistas de un Estado ante el que rinden cuentas como súbditos, meros agentes interinos que ya no disponen de medios para educar a sus hijos sin que un juez o un vigilante social no se inmiscuyan alguna vez en casa. A cambio, el Estado postmoderno otorga, de manera fraudulenta o inflacionista, más y más derechos y prerrogativas a esos pobres padres "pringados", como quien reparte limosnas a los oprimidos y da caramelos a los embobados, haciéndoles felices por muy poco.

Esos mismos padres que han visto perder, una y otra vez, su verdadera potestad, su "soberanía" educativa, su intimidad convivencial, se crecen a la hora de pedir explicaciones y justificaciones al profesor de sus niños. No es que ya no consientan a que se le ponga la mano encima de un niño (hoy, los niños son tan frágiles que no se les puede ni siquiera vocear, pues se rompen "emocionalmente"). Es que el profesor hoy, desde la LOGSE, es un pelele sin autoridad que, a la más mínima queja paterna, ha de ponerse firme ante unos padres que, estúpidamente, creen disfrutar de su "derecho como consumidores" y como "pagadores de impuestos". Me consta que la famosa libertad de cátedra está pasando sus horas más bajas en los Institutos de Secundaria, y esto es una catástrofe que a nadie le parece importar un rábano. Lo "políticamente correcto" se impone en manuales y en explicaciones, y a un docente le puede salir muy caro eso de "salirse del guión".

Debo señalar que en pocas partes se ve esta conexión postmoderna, esta doble maniobra:  entre un Estado que desautoriza a los padres en su seno –la familia- para darles, orinando fuera del tiesto, a cambio, plenos poderes en otro terreno distinto, la Escuela y el Instituto. A la vez, con estos trasvases propios de la Ingeniería Social, buscando un "hombre nuevo", más plegado a la Globalización y a su pérdida de autonomía, identidad y raíces (algo que persigue el Capitalismo salvaje últimamente), el Estado se hincha como lo hacen algunos tipos de estrellas en el cosmos, justo para reventar y morir poco después, desvaneciéndose en el negro espacio, y dejándose absorber su sustancia por entes multi o supranacionales, por arriba o por fuerzas meramente locales o regionales, por debajo. A corto plazo, el Estado, participando de esta Ingeniería social mundialista, cree recuperar fuerza y vida, con su intromisión judial, legislativa, con la humillación de sus agentes, aliados, miembros naturales, como son los padres y los maestros. Pero a medio plazo el Estado cava su tumba, y el proceso entrópico de nuestra Civilización no hará más que acelerarse. Porque estos trasvases de la ingeniería social es lo que traen: una tendencia creciente e irreversible al desorden.
Aunque existen precedentes, fue el filósofo marxista italiano Antonio Gramsci quien puso negro sobre blanco la necesidad de que el Estado debía asumir una función pedagógica esencial. Según la doctrina marxista anterior a Gramsci, el Estado había sido visto, por lo general, como una "superestructura", una realidad social secundaria y poco interesante de por sí. Lo crucial, para el materialismo histórico clásico (la doctrina de los padres fundadores, Marx, Engels, Kautsky, Lenin…), era el análisis de la base económica de la sociedad. A partir de las contradicciones entre esta base económica y las superestructuras que ella genera, entre las que se cuenta el Estado mismo, surgirán formaciones sociales diferentes. El Estado, por su parte, "engrasará" mejor o peor la forma fundamental de dominación del hombre sobre el hombre. Como es bien sabido, para el marxismo hay, en el mundo moderno, una forma fundamental de dominación: la económica.
Pero Gramsci inaugura, en gran medida, una mutación explosiva dentro del marxismo. Y no sólo dentro del marxismo, sino más allá de él, llegando a formar parte esencial de esa especie de Pensamiento Único que, de forma poco exacta, se ha denominado "marxismo cultural". En esta corriente, en la que todo el globo está inmerso, especialmente Occidente, el Estado no sólo es un Padre que socorre al necesitado ("rescate ciudadano", "salario o renta básica", "estado del bienestar") sino también tutor, educador, agente ético transformador del hombre y la sociedad. He aquí lo que reivindicaba Gramsci: un Estado ético, una maquinaria transformadora del Hombre. Un hombre nuevo. Se podrían ganar batallas al capitalismo, podrían estallar revoluciones una y otra vez, pero el demonio reaccionario que habita dentro de cada hombre haría que estas revoluciones fracasaran al cabo de un tiempo. Había que modificar al hombre para que triunfara la Revolución de manera definitiva. El Palacio de Invierno está en el alma de cada hombre o mujer.
Deberíamos retroceder, y pensar seriamente si queremos un "Hombre nuevo". Deberíamos poner coto al estatalismo educativo y defender la soberanía absoluta de la familia en esta materia. Ni somos todos iguales, ni queremos todos lo mismo. Son los padres los que deben entrar en escena, asumir el mando en su hogar. Y no meter sus narices en instituciones o cuerpos sociales ajenos. Padres peleles en casa y déspotas en la Escuela ¿No se dan cuenta? Esto es Ingeniería Social de la peor especie. A mayor gloria de un Estado que se despide, que se difumina en la noche del Globalismo.

Muchos docentes que me leen conocerán el epítome de todo lo que aquí estoy diciendo. Un profesor llama a un hogar de un niño varias veces por curso. Manda cartas. Envía mensajes: "su hijo no va bien, su hijo no se comporta, su hijo falta al respeto…desearía hablar con Vd." No hay respuesta, nadie contesta, nadie viene al Centro. El padre no colabora con el profesor, como si no existiese. Al final del curso, ese mismo padre dimisionario, abdicante, cobarde y esquivo de sus funciones naturales, acude al Centro e interpone una reclamación contra el profesor. Le sale gratis, tenga razones o no para ello. Disfruta de un "derecho" y lo ejerce. Esta pequeña historia que conocemos todos los docentes ejemplifica lo que vengo diciendo en el artículo. El Estado judicialista e incontinente en materia legislativa es el Estado que mata antes de morir: mata al padre y mata al profesor.


sábado, 2 de septiembre de 2017

Bufones docentes y Estado zombi

Bufones docentes y Estado zombi
Hace ya unos años, publiqué algunos breves escritos en contra de la L.O.G.S.E. (Ley educativa de 1990). Básicamente, quería describir en ellos el magno desastre que la citada ley educativa había ocasionado en España. Ahora vuelvo hacerlo, haciendo constar que la actual Ley, la L.O.M.C.E, es todavía peor.

El desastre sobrevino con la LOGSE al sistema educativo en general, y las principales víctimas fueron los alumnos, privados del contacto más elemental con las raíces de nuestra cultura, cercenados, mutilados, adoctrinados, nunca instruídos. La perversa Ley supuso, en efecto, una gran merma en los conocimientos de nuestros alumnos. El Latín, el Griego, la Filosofía y la Física sufrieron duros ataques. Incluyo la Física, puesto que hay que reconocer que la "Reforma" no sólo consistió en un ataque frontal a las "Humanidades", sino también al saber riguroso, racional y serio, esto es, al verdadero Saber, así como lo escribo, el Saber con mayúsculas. La inclusión de "Tecnologías", "Administración de Empresas", "Tutorías", "Talleres", y demás inventos e innovaciones logsianas no pueden, en verdad, figurar en el monto del Saber. La formación cultural, humanística y científica, de los jóvenes, se vio gravemente afectada desde entonces. Esa Ley trajo el páramo cultural y los fenómenos populistas que ahora conocemos.

El vínculo entre los votos "primaverales" y populistas, primero con el zapaterismo, y después con el podemismo, por un lado, y aquella reforma educativa, por otro, se fue haciendo evidente con los años. Hoy, esa LOGSE queda un poco lejos, pero todas las otras leyes que vinieron no hicieron más que consagrar el desastre y reafirmar la esencia de la propia reforma, incluyendo la Ley Wert (LOMCE), con sus "estándares", "indicadores", "ponderaciones" y demás basura pseudocuantitativa.

Devastación. Por lo menos, muchos de los que nos dedicamos a la enseñanza lo fuimos viendo. Un sistema educativo deliberadamente "aflojado" es la mejor preparación de un clima político nuevo, menos crítico y exigente, más globalista y nebuloso. No debemos olvidar que el Estado moderno ha reservado para sí la función de "educar al pueblo", desposeyendo en buena medida a las familias de esta misión, imponiendo incluso un "secuestro legal" (como se decía de la mili) de los muchachos objetores (objetores de pupitre), muchachos indoctos, sí, pero físicamente sanos y aptos para el trabajo con sus manos.
La L.O.G.S.E supuso para el nivel cultural medio de los españoles, sobre todo los más jóvenes, un tsunami. Pero no sólo eso; esta calculada Ley consagró al Estado como Suprema Autoridad –globalista, glamourosa, indulgente…pero suprema- y al profesor lo catapultó a las profundidades del oprobio, la humillación, el descrédito.

Quizás todavía no me he hecho entender.

Las mentes formadas a la manera más clásica pueden percibir aquí una paradoja, o una flagrante contradicción. Se supone que un profesor (desde un director, hasta un interino que "está de paso", desde el funcionario con más sexenios hasta el novato con contrato más precario)…es un profesor. Sí, un profesor es un profesor. En efecto, un profesor es alguien que educa, que enseña, que instruye… alguien que representa, en cierto modo al Estado o, si se quiere, a la Sociedad. Una vez que la Familia (verdadera soberana, a mi entender, en materia educativa) no puede ejercer todas esas funciones educativas, los enseñantes se revisten de la autoridad del Estado, en tanto que formal o materialmente son sus funcionarios y sus brazos ejecutores. Esto es lo que podía entender una mente "clásica", chapada a la antigua. Pero desde la reforma logsiana ya no es así. La famosa Ley, y todas sus hijuelas, como la L.O.M.C.E. de hoy, están diseñadas de arriba abajo con el ánimo de desautorizar al profesor. Cuanto más estatalismo, más "pringado" es el profesor. El sistema mundialista trabaja de esta forma aparentemente paradójica.

En las últimas semanas, mi admirado Juan Manuel de Prada ha publicado una magnífica serie de artículos de periódico que expresan el cariz paradójico del Estado mundialista actual. Este gran escritor lo hace en otro terreno distinto del educativo, pero expresa muy claramente la para-doxa del Sistema, su lógica aparentemente falta de lógica. Se refiere don Juan Manuel al incremento de lo que él llama "derechos de bragueta" (aumento de la permisividad moral y sexual, fomento de las parafilias, el homosexualismo, endiosamiento de minorías…) y el hundimiento de los derechos laborales. La izquierda posterior al mayo del 68 no ha hecho otra cosa que claudicar en materia de defensa de los derechos de los trabajadores, pero se ha lanzado gustosa a enaltecer unos "derechos de bragueta" que compensen la gradual conversión de buena parte de la Humanidad en una masa esclava o, incluso, en ganadería bípeda.
Pues bien, esta misma para-doxa, esta misma lógica perversa y fundada en la compensación es la que contemplamos en materia educativa. El Estado se niega en redondo a que un gañán (o "gañana") entre 12 y 16 años tenga una experiencia laboral, y sepa lo que significa ser responsable, ganar un dinerillo, aportar algo a la sociedad. El Estado prefiere un "secuestro legal" en un Instituto de Secundaria, en el cual un menor puede permitirse hacer de todo: vejar a los docentes, venir tarde y sin libros, acosar a los compañeros, agredir e insultar. Como es menor, el no cumplimiento de las reglas se reduce a unas intermitentes vacaciones en casa, eufemísticamente llamadas "expulsiones", y nada más. Nadie le puede expulsar definitivamente del sistema educativo y, si le place, el gañán puede dar por el saco unos años más, y matricularse en ciclos post-obligatorios después de tener los dieciséis cumplidos e incluso cobrar una ayudita económica, como premio a su gamberrismo.

Es el mismo caso de para-doxa: el Estado impone, incluso con intervención ocasional de agentes policiales, el ingreso o encierro de todos los menores de dieciséis años en unos establecimientos educativos en los que malamente se aprende algo bueno, con tanta mezcla y tanta "diversidad". El Estado usa toda su fuerza, su imperium, para llevar a cabo el encierro (la verdad que incluso en esto es burlado por las cifras inmensas de "absentistas"), y una vez que las reses necesitadas de marcaje educativo están encerradas, ese mismo Estado se desentiende por completo de ellas, a no ser que los "derechos del menor" o el sacrosanto "derecho a la educación" se vean menoscabados gravemente. Pero si no hay denuncia en curso, ¡allá se las apañen los docentes (y conserjes y demás personal educativo) con las reses debidamente marcadas en un curso, etapa, nivel o "itinerario)!.

Este Estado neoliberal, mundialista y nebuloso, quiere darse años extra de vida y recuperar energías en su exánime declinar, despotenciando a los "agentes de a pie" que están llamados a defenderle. Igual que esos guardias de Ceuta y Melilla que deben proteger nuestra frontera nacional, pero que si dan un empujón a un salvaje invasor, ya "la liaron parda" y pueden acabar en la cárcel, los pobres docentes tienen, desde la reforma logsiana, la ingrata misión de marcar, vigilar, pasar revista y aguantar (pero no educar) a esas masas ineducables que en todo sistema y en toda sociedad han existido y existirán. El llamado "derecho a la educación", en realidad, no es otra cosa que un privilegio. La colaboración de un buen ambiente familiar y otro buen entorno escolar suele dar muy buenos frutos, pero el encierro de personas menores que no han recibido una atención especial, dados sus problemas específicos, o que resultan más aptas para un trabajo remunerado que para los libros, no es "derecho a la educación". Es otra cosa. Es basura estatalista.

Este modelo mundialista de Estado posee ciertos rasgos propios de los zombis. Siempre me encantaron los zombis. Son paradójicos. Muertos vivientes. Están muertos y huelen mal, pero se mueven, atacan, son una burla de la vida. Lo mismo, el Estado español post-logsiano. Ha salido adelante –hasta hoy- retirando autoridad a sus agentes. La idea de Estado y estatalismo se refuerza con un equivalente a los "derechos de bragueta" de los cuales nos habla Prada. El "derecho a tener derechos". El derecho a la educación entendido como algo gratuito, un maná llovido de los cielos, una especie de "gracia" con la que un niñato, o la madre y padre que los crió, se ven investidos. Un instituto de secundaria, desde la L.O.G.S.E. hasta hoy, es una especie de inmensa Hoja de Reclamaciones. La educación en España se vive como una especie de escuela de americanismo perfecto: "¡Oiga –dicen algunos padres- que yo pago mis impuestos!". Esto se lo he oído incluso a alumnos, lo cual resulta más risible. Como si educar e instruir fuera lo mismo que acudir a un restaurante, encontrarse moscas en la sopa, y pedir el libro de reclamaciones. Los "derechos del consumidor": pagamos la educación de nuestros hijos, y por tanto pedimos representantes de padres y alumnos, exigimos "participación", fomentamos Consejos Escolares. El Estado quiere sobrevivir como un zombi, traslada sus gusanos y podredumbre a órganos periféricos, asestando puñaladas en los órganos inmediatos de la autoridad: el padre de familia, el maestro, el educador.


Como anécdota (aunque por fortuna esto ya está derogado) diré que hubo un tiempo logsiano en que la expulsión de un alumno por faltas graves no podía realizarla un director o jefe de estudios. Debía ser aprobada por un Consejo Escolar, formado por padres y alumnos "representantes". También oí de casos en los que un profesor insultado o vejado por un alumno debía aceptar un careo con ese mismo alumno, equiparando su versión a la del menor "imputado". Esto ya no ocurre, creo, pero ilustra a qué grado de crisis de autoridad profesoral se ha llegado con la célebre reforma. En cualquier caso, el ataque a la autoridad del docente se puede registrar en miles de situaciones distintas. Sus decisiones en materia de evaluación son objeto de sospecha a priori. A los profesores ya se les piden fotocopias de todas sus correcciones de trabajos y exámenes, explicaciones por escrito de todas y cada una de sus acciones y omisiones, registro exhaustivo de faltas de alumnos y de "estándares" (aaaj, ya no existen "lecciones"). En definitiva, el profesor post-logsiano ha quedado reducido a la condición de pobre bufón, un "mediador de aprendizajes", un "dinamizador de aula", en suma, un papanatas, que sabe que no enseña, que carece de toda autoridad y, lo peor de todo, alguien en quien nadie cree, alguien a quien nadie le guarda estima. La perversa naturaleza del Estado mundialista zombificado se contempla hoy en el rostro del pobre bufón de aula, el docente. El Estado se hincha de autoridad, quizá por última vez en su ciclo vital, exigiendo la obligatoridad del secuestro legal de menores en los institutos, y para ello paga sueldos no a carceleros, sino a bufones bajo permanente sospecha, cuya misma respiración, tos y parpadeo están bajo la mirada de todo Cristo: padres, alumnos, jefes, inspectores, compañeros. Los resultados están a la vista. Miles de niños malcriados de este Estado zombi, al crecer, votan a Podemos, reclaman "derechos de bragueta", se suman festivamente a un movimiento "indignado", mientras anhelan la tarjeta (un marcaje de reses) de subsitencia social o aceptan un empleo a tercio de jornada y preparan su lengua para abrillantar salivarmente las botas de su empleador. Los docentes bufonescos de hoy preparamos los esclavos de mañana.